¿Quieres escribir un libro? ¿O estás en fase de: no sé si podré…?

Uno de los comentarios que me suelen hacer cuando conozco a alguien por primera vez es: a mi me gustaría escribir algo, pero soy incapaz.

¿Sabéis una cosa? Yo también era incapaz.

Siempre he sido un lector compulsivo. Aprendí a leer con tres años, gracias a mi madre, y no he dejado de hacerlo desde entonces. A partir de los ocho años, mis padres me prohibieron los libros entre semana porque me abstraía y no era capaz de hacer otra cosa que leer. Entonces aprovechaba cuando me mandaban a dormir. Con la casa a oscuras y debajo de las sábanas, encendía la luz de mi reloj casio-calculadora para leer todo el tiempo que pudiera. Y no paraba hasta que no acababa el libro de turno. Desarrollé lectura rápida por cuestiones de salud mental relacionadas con la falta de sueño.

Cuando sacaba malas notas en clase, a partir de la adolescencia y por culpa de las hormonas (evidentemente), mi padre me prohibía los libros en fin de semana también para obligarme a esforzarme más.

Teniendo en cuenta mi historial de lectura, a los catorce años decidí que quería convertirme en escritor. Muy ufano, me imaginaba dedicando mi tiempo a escribir y a compartir mis obras con el resto de la humanidad que, aunque no se lo mereciera, iba a disfrutar de la incomparable fecundidad del Cervantes del siglo XX.

En aquella época escribí mis primeras páginas. Cual fue mi decepción, cuando descubrí que no solo era un escritor mediocre, sino que aquellas frases unidas con gran esfuerzo y sudor mental se convertían ante mis ojos en un engendro espantoso que no podía leer sin ruborizarme.

Entendedme, no es que sufra de falta de autoestima, ni siquiera durante mi adolescencia. Es que yo leía mucho y ya sabía reconocer cuando algo valía la pena o no había por donde cogerlo. Lamentablemente mi escritura caía dentro de este segundo caso. Eso me desilusionó bastante y no volví a intentar escribir hasta entrados los veinte años. Otro panfleto infumable y otra desilusión. Y decidí que no valía para escribir.

Sabía como tenía que ser un libro para que fuese bueno, lo había visto millones de veces. Pero sencillamente, era incapaz de reproducirlo.

Ese era mi problema realmente. Intentaba fabricar un libro bueno. Pero al hacer esto, incluso teniendo una buena idea para el argumento, era incapaz de plasmarla con un resultado digno porque intentaba construir un libro en lugar de contar una historia.

Muchos más años más tarde (no, no diré cuantos), teniendo ya hijos en fase de cuento nocturno, me dediqué como cualquier padre cariñoso a contarles cuentos por las noches. Con una peculiaridad: yo no quería desvelarles, así que comencé a contarles las historias con la luz apagada y, pese a mi experiencia con el Casio, mi vista no daba para leer los cuentos con una luz tan tenue como la que se filtraba desde el pasillo. Así que decidí inventarme las historias sobre la marcha. No hay nada más inspirador que el ansia de un niño por un cuento nuevo, así que tenía que estrujarme el cerebro cada noche para que fueran apareciendo brujas, gigantes y heroínas en situaciones cada vez más enrevesadas que acababan haciendo las delicias de los pequeñajos. Aunque con tanta emoción, el deseo de no desvelarles se desvanecía muchas noches en el fragor de la historia. Brujos, duendes y malvados personajes de ficción se encargaban de que los niños se mantuvieran despiertos mucho más tiempo del que podría haberlo hecho una inocente lamparita de noche.

Fue entonces cuando descubrí que no podía construir un libro basado en su estructura, ni siquiera en su argumento o en una idea nueva, sino que tenía que contarle una historia a alguien. Ya fuera a otra persona o a mí mismo.

Así que no volváis a decidme que vosotros no podríais escribir un libro. Intentadlo, veréis como funciona. Se hace constantemente en el día a día. Como cuando cuentas una anécdota en una reunión familiar o de amigos. Puedes ir añadiendo tantos datos imaginarios como desees. Si la cuentas sinceramente y con pasión les encantará.

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