Hay muchas razones para comenzar a escribir. La más obvia, es que uno siente la necesidad expresarse de una manera diferente, más reflexiva. Tomándose el tiempo suficiente para poder desarrollar apropiadamente lo que quiere contar.
Puede que un autor escriba solo para si mismo o quizá tiene algo tan importante que compartir con los demás que llega a convertirse en algo compulsivo, una necesidad.
Nuestro escritor novel incluso puede haberse sentido atraído por la posibilidad de obtener fama y fortuna, aunque estos últimos tienden a escribir novelas de fantasía y a gastar enormes cantidades de dinero en juegos de azar.
En cualquiera de los anteriores casos, el escritor es siempre un lector ávido, que trata de emular e incluso mejorar aquellos libros que le han marcado durante su vida. Intenta transmitir a los demás o a sí mismo las emociones que le llevaron a forjar su personalidad. Ya sea mediante la fantasía, o mediante la divulgación de un pensamiento científico, filosófico, artístico, ético, biográfico…
En mi caso, he de confesar que me impulsa un pensamiento a medio camino entre el altruismo de los que buscan la felicidad del lector y el afán monetario de los que desean el dinero y la fama: Yo quiero contar una historia. Esa historia, comencé contándomela a mí mismo, y luego pasé a contársela a otras personas. A mi Lector Ideal (como bien dice Stephen King), pero principalmente a mi mismo.
Y… ¿cuál es mi motivo para contarme a mí mismo una historia? Os preguntaréis. Un escritor debiera conocer de antemano su creación, al fin y al cabo, sale de su cabeza. Pues ni más ni menos que desentrañar los detalles que hacen que un cuento merezca la pena. Por supuesto, yo conozco los personajes de La Galaxia Elíptica, ya que han salido de mi imaginación. Y también conozco el desarrollo aproximado de la trama que conduce los libros. Incluso tengo perfilado el desenlace de una forma bastante clara.
Sin embargo, no tengo ni idea de cómo se va a desarrollar mi próximo capítulo. Hay personajes con los que tengo la firme intención de llegar al final del libro, de verdad. En cambio, se encuentran con un trágico desenlace debido a una situación de la que no consiguen salir con vida. Esto puede tener un impacto pequeño en el argumento, o uno insignificante, pero no cambia el hecho de que han perecido miserablemente, dejándome a mí con un problema que solucionar.
No me toméis por un alma insensible y despiadada por favor. Lamento tanto su pérdida como podáis lamentarla vosotros. Yo diría que incluso más, ya que son hijos míos de alguna manera.
Por muy insignificante que sea su papel en la historia que estoy contando, yo conozco a esas personas mucho más íntimamente que cualquiera en este mundo. Sé de sus anhelos y sus esperanzas, sus amores y sus desengaños. Los hijos que les aguardan en ese hogar al que nunca volverán. Cuando me pongo a escribir, me sumerjo en su mundo y los acompaño desde su primer y vacilante paso en el libro, hasta su triste final.
Sin embargo, lo creáis o no, es la historia es la que me conduce a mí, y no al revés. Ella toma sus propias decisiones y me conduce a lugares que no sabía que existían, que realmente no existían al principio, cuando todo comenzó a ocurrir.
Esa es la razón por la que escribo. No solo porque espero que os guste y os transporte a otro mundo (que también), sino porque…
¡Quiero saber qué va a pasar!
